Llega una invitación de cumpleaños o de una fiesta, y decimos que ya contestaremos luego. Pasan los días, y se nos olvida. Mientras tanto, la familia que invita no sabe cuántos vendrán y no puede planificar la comida ni las actividades. Responder a tiempo es una pequeña cortesía que ayuda mucho.
Convertirlo en un hábito
Lo más eficaz es contestar en cuanto se recibe la invitación, aunque sea con un simple mensaje. Si no sabes todavía si podréis ir, dilo con sinceridad y comenta cuándo darás la respuesta. Pocas palabras amables bastan: «Muchas gracias, iremos» o «Lo sentimos, no podremos». Así la otra familia puede organizarse.
Apunta la fecha en el calendario familiar en cuanto llegue la invitación y revisa las demás actividades de ese día. Si hay algún conflicto, decide pronto qué es lo más importante para el niño. Habla con él, porque también tiene su opinión. Si vais, apunta también qué regalo vais a llevar y cómo llegaréis.
Enseña a los niños a responder por sí mismos cuando sean capaces. Pueden decir «gracias por invitarme» a su amigo o escribir una nota. Es una forma sencilla de aprender a ser educados y a respetar el esfuerzo de los demás. Si el niño no puede ir, es bueno que lo diga con cariño, sin excusas complicadas.
Si organizas tú una fiesta, puedes facilitar la respuesta: indica una fecha límite razonable y una forma clara de contestar. Da las gracias a quienes responden pronto y recuerda con amabilidad a quienes se olvidan. Así se crea un ambiente cordial en el que todos se sienten bienvenidos.
Con un poco de práctica, contestar a tiempo deja de ser una obligación y se convierte en un gesto natural. Un mensaje corto, enviado el mismo día, ahorra muchas dudas a los demás y te deja a ti con la cabeza libre para lo que venga.